miércoles, 13 de septiembre de 2017

LA FREGONA

¿Sabes esa sensación cuando te despiertas, después de un sueño profundo, y no sabes dónde estás? Esa mañana que abres el ojo y tienes que poner el GPS mental: mi mesa, mi pared verde, mi reloj,  mi colección de cervezas importadas....en fin, todo eso que seguro que tenéis. Bueno, pues resulta que últimamente no me funciona, no sé, no me imagino que ha podido pasar....
Recuerdo preparar maletas, tal vez coger un avión (o dos), es posible que tuviera que pasar fronteras, algún control, cambié de día, me salté una noche, aterricé en una ciudad con el cielo nublado. Creo que alguien vino a por mí, que me monté en un coche, que me enseñaron una habitación.....y oye, que no recuerdo nada más. Por más que hago memoria, no sé como he podido llegar aquí. A China.

Pero bueno, ya que estaba aquí, lo suyo era empezar por lo primero: limpiar lo que de ahí en adelante iba a llamar "casa". Voy al super (así, en China, como quien no quiere la cosa), y pillo las armas necesarias. Cubo, cepillo, guantes, trapos, jabón, fregona.... "¿quiere una bolsa?", "No gracias, lo meteré todo en el cubo"....(Todo esto pero en chino y por señas, sonrisa, sonrisa). Llego a casa y en esto que me pongo a limpiar cuando....¿dónde está el escurridor de la fregona?¿tendría que haberlo comprado aparte?!! Otra vez a la tienda....y como en una peli de terror....¡horror! no hay escurridores por ninguna parte. Pienso deprisa, y si pongo uno de pasta??? no se me sujetará en el cubo....y si recojo el agua con una bayeta??? el dolor de espalda puede ser mortal....piensa, piensa....

Total, que finalmente lo que acabo haciendo en escurrir la fregona con las manos, con los guantes, en el cubo. Y ya está. Si me canso dejo que escurra un rato en el aire, como la que se agacha a hacer pis y se sacude las últimas gotas. Si, si, lamentable, lo sé. Pero os juro ( y luego visité unos grandes almacenes) que NO HAY  escurridores de fregona...pero sí fregonas....como una metáfora cruel del absurdo de la vida.

Así fui malviviendo una semana (o mal-limpiando, según se mire) hasta que un extraño artilugio llama mi atención. Es un palo con una esponja en el extremo, como lo que utilizamos para limpiar la luna de los coches. Pero además tiene un curioso mecanismo adosado...no logro...identificar...qué es....

INSTRUCCIONES GRÁFICAS, os amo.



Y aquí acaba el misterio. En China sí hay fregonas, solo que resulta tan imposible VER lo que es diferente.....(APLÍQUESE A TODO). Hoy tengo la mente un poco más abierta, y la casa un poco más limpia. 

jueves, 6 de julio de 2017

Mochilas, maletas, cajas

... roban
los objetos el espacio o roban lo que guardo tras los ojos precintado viajo por coherencia y por carácter que perfeccioné la habilidad de estar lejos esperar, olvidar, perder son verbos_desafío envueltos con cuidado aún sin entrega programada me gustaría decir, cariño necesitamos darnos un poco de tiempo y poner un final romántico a estas 7 horas de diferencia pero el humor no entra en las maletas de mano por cortante y afilado bulto sospechoso las aerolíneas no vuelan por amor
el exceso de equipaje tiene un cargo
y pequeños pájaros mueren
en las turbinas

porque hay un McDonald
en cada aeropuerto
quitando magia al asunto
como siempre, la realidad.

Carmen Jubete, Obra no premiada.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Cuerpos (parte uno)

CUERPOS

I Desconocidos

No se trata de eso. Es una manera de encontrarse. Aunque puedes no creerme. Vale. Parece ser que desnudos se miente menos (no tengo estudios que lo avalen). Mentimos menos. Nos quedamos solos en escena, la tarima bajo nuestros pies y un foco alumbrando nuestro cuerpo. Todo lo demás en la oscuridad.

En estas circunstancias uno tiene que llevar a cabo dos trabajos. El primero de todos es puramente introspectivo. Debemos definirnos a nosotros mismos. Debemos dar forma a lo que somos. Porque algo sin forma no se puede tocar, y esa es la premisa más básica del asunto, al fin y al cabo. Componer nuestros pedazos sin ayuda externa. Delante de lo conocido es fácil crearse. Es fácil obedecer a esa voz que dice: eres inteligente, sensible, cariñoso/a. Es fácil decir: lo soy, soy todo eso. ¿Lo soy porque otros lo piensan? ¿O porque yo lo creo? Sin todo eso, ¿soy la misma persona que creía ser? Y debemos responder a esas preguntas con la sinceridad que da el cuerpo desnudo.

Después, y solo después podremos acometer el segundo ejercicio. Más bien social. Es comunicarnos con el otro. Trasmitir lo que hemos descubierto que somos. Compartir nuestra forma para hacer de lo ajeno lo propio. Expandirnos mutuamente.Y no es tarea fácil. Somos teléfonos medio escacharrados, de verdad. Somos el más estúpido de los seres sobre la Tierra. Hemos inventado unos códigos nuevos porque los de la naturaleza ya no nos valían. Hemos racionalizado lo absurdo.

Y yo tengo problemas con este tipo de cosas. Con la definición y el lenguaje. Tengo problemas. Pongamos que llego a la conclusión de que soy amable de verdad, es solo un ejemplo. Pongamos que yo me lo creo y quiero que tú también lo creas. Imaginemos que se da la situación. Que logramos desnudarnos sin que nadie grite o llore, o nos diga que no debemos hacerlo. Es solo un ejemplo. Puede que para ti sea fácil. Puede que digas, basta una sonrisa. Una sonrisa y ya soy un poco menos uno, y un poco más alguien. Algo tan básico como eso, sencillo. Pero resulta también, que para mí no es así (desconozco si también para otros). Que el mensaje no me llega, que tampoco sé muy bien cómo trasladar cierta información.

Antes, cuando éramos animales, enseñar los dientes no era un comportamiento apropiado. Puede que yo aún piense así. No lo sé. Antes puede que yo fuera normal. Antes. Ahora tengo un problema. Necesito pensar un poco. Me quedo callada más tiempo de lo debido. A veces me callo por un tiempo y pienso en estas cosas. En el lenguaje que utilizo. En esa conversación que se empieza con la piel, las manos, y el cuerpo. Es agotador. Estudiar las convenciones de toda una especie. 

Antes leía mucho. Pero es tan difícil utilizar palabras y no mentir. Es como tener un arma: el deseo de disparar es inevitable. Así que antes leía. Ahora escribo como si estuviese desnuda. Pongo unos cuantos pensamientos por escrito para explicar cosas a desconocidos. O simplemente para decir que hay cosas desconocidas todavía. Que no todo tiene una forma definida. Y que, fuera de estos cuerpos, no nos queda más que oscuridad.

II Subversivos

Me he rapado la cabeza. He cogido  a un buen amigo, nos hemos bebido unas copas, le he dado unas tijeras de cocina y le he dicho: corta. Así, a pelo (ironías del lenguaje). Descubrir mi cabeza redonda, ha sido casi como constatar que el mundo no era plano. Que puedo caminar y caminar y no llegaré al abismo aquel con que soñaban los antiguos. Por fortuna me quedan los propios, repartidos entre edades y países, oscuros como bocas (de lobo). Grabados en el recuerdo como una ciudad despierta día y noche. Llena de ruido y sin embargo…

Siempre he dado algo de miedo. Quiero decir, la gente me decía que daba algo de miedo, porque mis ojos no sonríen y mis palabras no tienen una forma clara (lo que sea que esto signifique.) Y yo les daba la razón porque nunca me fiaría de alguien como yo (no es nada personal.) Pero ahora creo que les doy miedo de verdad, quiero decir, ya no me hace falta mirarlos para saberlo porque son ellos los que me miran. Una mujer-rapada-que-no-sonríe debe ser algo así como el mal impersonado. Y yo me río por dentro, les veo y lloro de la risa porque soy yo la que siempre he estado acojonada sin ninguna razón. Como ellos ahora.

También hay mujeres que vienen y me hablan de fortaleza, de símbolos, de lucha. Hay un brillo en sus ojos cuando hablan, hay un brillo en sus ojos y los míos (que no saben sonreír) no se atreven a decirles que esa no soy yo. Que solo quería beberme unas copas con un buen amigo, darle unas tijeras y descubrir mi cara. Que no lo había pensado demasiado y que el mundo ya me resulta demasiado complicado como para pensar en lo que significa cortarse el pelo o escribir unas pocas palabras. Lo verdaderamente triste de que mi pelo sea un símbolo en esta realidad absurda. Por eso me gustaría que todo lo que dicen fuera verdad. Para poder luchar con ellas.

(to be continued if have to)




domingo, 16 de abril de 2017

Siete

VII

El amor es un secreto gastado
un cristal pulido de botella
algo que la corriente arrastra
golpea, besa, zarandea.
Y luego escupe, verde, suave
amansado.

Bebemos arena
construimos castillos sin muros
dejamos que el agua nos moje los pies.
Gritamos que será la última
a la ola que se acerca erguida
que solo de ella es la culpa
del miedo primitivo
a las orillas vacías del mundo.

Al sol la vida se ablanda
los ojos se oscurecen
se aman las cosas absurdas:
el olor de las flores amarillas
las canciones de iglesia.
La cerveza más que cualquier otra cosa
fría sobre la tierra.

Y el mar puede que no exista
con los pies mojados
tumbada al sol de una azotea.
Que la única marea sea esta
que se agita en los vasos.

Seguirán llegando aquí las olas
gritaremos de nuevo:
tú serás la última.
Atrapados en nuestras orillas
por los tejados del mundo.

Carmen Jubete, Obra no premiada.

lunes, 27 de marzo de 2017

La Hoya de la Mora



Habíamos subido hasta arriba
sin saber realmente dónde íbamos
casitas de playa en mitad de la nada
decíamos ‘qué romántico’
y las antenas, el frío, la nieve sucia
todavía allí también.

Que en realidad el amor es
subir dos veces por la misma carretera estrecha
ver bajar la temperatura en el salpicadero
llegar a la desolación como una conquista
sucia y fría y huracanada sí
pero absolutamente nuestra.

Conservar el color del infinito
atrevernos a cambiar
perdonarnos
por volver.

Carmen Jubete, Obra no premiada

viernes, 10 de marzo de 2017

Sin título VI

Estoy en contra
de cerrar las ventanas de los museos
de crear espacios que no sean
vasos comunicantes
de lugares sin vasos
en general

Cosas vacías o llenas
que no puedan solucionarse
con una ronda
o un trago

Algo que equilibre
la realidad

sacar todo fuera
con posibilidad de muro.

Carmen Jubete, Antropoceno.





jueves, 19 de enero de 2017

El metro de Tokio

Cuando hago memoria, lo primero que me viene a la cabeza es una boca de metro. Tú estabas esperando en la salida de la estación de Akebonobashi. Vestías una sudadera azul eléctrico y estabas comiendo uno de esos sándwich de kombini que suponen el 80% de la dieta de cualquier extranjero recién llegado. Yo también esperaba allí parada, sin saber que los dos estábamos esperando a la misma persona, sin saber que en el fondo no éramos solo dos desconocidos que se miran esperando…

Poco tiempo después, otra imagen: Tú y yo dentro del vagón compartiendo los cascos. Codo con codo jóvenes exponentes de tribus urbanas y somnolientos sarariman embutidos en sus trajes. Pero nosotros avanzábamos solos, rodeados por la música. La realidad pasando a nuestro lado sin apenas rozarnos: el Skytree rompiendo el cielo, hojas rojizas caídas en el asfalto, madres guardando el bento recién hecho en la mochila cuadrada de sus hijas. También me acuerdo de la despedida en el andén. Un beso rápido en la mejilla y tu figura alejándose, iluminada por la luz artificial del eterno día de los fluorescentes.

Supe desde el principio que nuestra historia estaba condenada al subsuelo. Al amor subterráneo de los secretos, la asfixiante tristeza de los conductos de ventilación, el angustioso lamento de los trenes que se cruzan en las profundidades de la Tierra. No era esa clase de amor al que te subes comprando un billete sencillo. Era una estación perdida en la maraña de colores del plano, era un trayecto sin punto de llegada o de partida.

Pero todo terminó un día (quizá una noche) con el mismo impulso absurdo con el que todo empezó. Habituados a su entorno natural, tus recuerdos se fueron diluyendo en el corazón agusanado de Tokio: la enorme estación de Shinjuku como una ciudad escondida bajo tierra, el frío de la madrugada en la parada de Roppongi, o la humanidad desbordante de la línea Marunouchi a su paso por Ikebukuro. Al final la indiferente compañía de la multitud me resultaba reconfortante, convencida de que la soledad solo acecha en la superficie del mundo.

Aquellos días ya están muy lejos. He olvidado el nombre de la mayoría de las estaciones, la mitad de las caras y casi todos mis rincones favoritos de la ciudad. Ahora tú vuelves a ser un desconocido que espera en algún lugar. Y yo nunca podré olvidarme del metro de Tokio.